Escribir siempre ha sido, para mí, en el fondo, una forma de quedarme a solas sin estarlo del todo. Mis poemas nacen precisamente de ahí: de la necesidad de decir lo que normalmente callo, de mirar de frente lo que suelo esquivar, de poner palabras a lo que me duele, a lo que me pierde, a lo que permanece y a lo que nunca volvió.
No busco un lugar cómodo para escribir. Tampoco lo he pretendido. En mis poemas no hay textos morales fáciles ni frases bonitas para salvar el día. Hay preguntas, recuerdos, heridas, deseos, ausencias, silencios largos y pensamientos que llegan de madrugada cuando todo el mundo duerme y uno ya no puede mentirse más.
Hablo del amor, sí, pero no del amor perfecto ni del que siempre gana. Hablo del amor que llega tarde, del que se rompe, del que queda a medias, del que uno recuerda durante años sin saber por qué. Del amor que salva y del amor que destruye. Del amor que no fue y del que fue demasiado.
Hablo de la mujer, mi pasión, no como idea ni como símbolo, sino como presencia real, compleja, contradictoria, luminosa, desnuda y oscura a la vez. La mujer como recuerdo, como ausencia, como refugio, como error, como destino o como casualidad. La mujer como todo lo que cambia una vida sin pedir permiso.
Hablo de la soledad, esa compañera que todos conocemos, aunque pocos la nombramos. La soledad elegida y la soledad impuesta. La soledad que pesa y la que libera. La soledad de las ciudades llenas de gente y la de las habitaciones en silencio. Porque hay momentos en la vida en los que uno entiende que la soledad no siempre es estar sin nadie, sino no poder contarle a alguien lo que de verdad importa.
Hablo del paso del tiempo, inevitable, silencioso, constante. El tiempo que se lleva personas, lugares, versiones de nosotros mismos. El tiempo que convierte todo en recuerdo. El tiempo que me enseña que casi nada era tan importante como parecía y que casi todo era más importante de lo que yo creía.
Hablo del desamor, del rechazo, de la nostalgia, de la memoria. Desamor, vivido y sufrido en más de una ocasión, acompañado de un rechazo físico y emocional. Nostalgia por lo que fui, por lo que no fui, por lo que pude ser y no fui. Nostalgia por épocas en las que no sabía que era feliz. Nostalgia por conversaciones, por calles, por canciones, por miradas que no volvieron a repetirse. Nostalgia por Galicia, esa tierra que me vio nacer y que por razones muy diversas, desde la meseta castellana la recuerdo plena de vida y humedad.
Pero, sobre todo, mis poemas son un lugar de sinceridad. De sinceridad incómoda. De pensamientos sin maquillaje. De emociones sin corregir. De palabras escritas sin intentar quedar bien, sin intentar gustar, sin intentar tener razón.
Desnudarme no es solo quitarme la ropa. Desnudarme es decir lo que uno piensa de verdad. Es reconocer los miedos, las inseguridades, las envidias, los errores, los recuerdos que aún duelen, las personas que aún importan, aunque ya no estén. Desnudarme es aceptar que estoy hecho de recuerdos, de heridas, de inseguridades, de complejos, de celos, de fracasos, de decisiones equivocadas y de momentos que nos cambiaron sin avisar.
Las cenizas aparecen en mí porque algo ardió. Y todos, si vivimos lo suficiente, acabamos teniendo cenizas: de relaciones, de sueños, de versiones de nosotros mismos, de promesas, de huidas, de miedos, de promesas incumplidas, de lugares a los que no volvemos, de personas que ya no están. Vivir también es aprender a caminar entre esas cenizas sin dejar de avanzar.
Mis poemas no pretenden enseñar nada, ni dar lecciones, ni tener respuestas. Yo solo pretendo escribir. Escribir para entender mi vida, si es que en algún momento llego a comprenderla. Escribir para recordar todo lo que fui perdiendo pulso a pulso. Escribir para olvidar lo que no puedo olvidar, y quisiera. Escribir porque hay cosas que solo existen de verdad cuando se ponen en palabras. Los recuerdos que me rodean sin cansarse, si no se ponen negro sobre blanco, acaban perdidos en un laberinto sin salida.
Quizá quien lea esta entrada se reconozca en alguna de sus líneas. Quizá no. Quizá la desprecie y le ponga un «cero bajo cero» como calificación final. Pero si alguna vez alguien, al leer este texto, piensa «de eso quería yo hablar», entonces este lugar ya tendrá sentido, ese que llevo yo buscando con desesperación.
Al final, todos compartimos más de lo que creemos: el amor junto al desamor, la pérdida y el olvido, el miedo al paso del tiempo, la ansiedad que no el miedo, el resentimiento, la envidia por el físico de otros, los fracasos, por desgracia buscados, la efímera alegría cuando uno cree que ella le guiñó un ojo, las limitaciones de la memoria, la saudade por una tierra que sabes que no volverás a pisar, la necesidad de que alguien me entienda, la nostalgia por lo que ya no existe, la sinceridad que me da pavor y esa extraña sensación de que la vida pasa muy deprisa mientras intento comprenderla.
Esto son mis versos: un lugar para escribir sin esconderse. Un lugar para recordar. Un lugar para perderse. Un lugar para decir lo que normalmente no se dice. Y, sobre todo, un lugar para quedarse a solas con las palabras y ver qué queda cuando todo lo demás se apaga. (Poetario) (Obra completa de poemas en prosa) (1994-2026)
