Escribo en poemas en prosa porque es en lo que mejor me escucho. No lo hago por compromiso ni por necesidad pública, sino por un placer íntimo, por esa sensación de reconocimiento que solo aparece cuando las palabras nacen en el formato en el que una parte de mí piensa, siente y recuerda. Escribo del mismo modo que leo: en silencio, sin prisas, como quien conversa consigo mismo sin esperar respuesta. La lengua me acompaña en ese espacio interior donde las emociones se guardan más de lo que se expresan, no por falta de intensidad, sino por exceso de cautela.
Siempre he sido una persona tímida. No una timidez de inseguridad constante, sino esa que observa antes de hablar, que prefiere el rincón tranquilo a la voz alta, que siente más de lo que dice. Y el poema en prosa, para mí, es ese rincón: un lugar donde las palabras pueden quedarse, reposar, no marcharse antes de tiempo. Muchas de las que escribo no han encontrado el momento adecuado para salir en otras formas. Se quedaron dentro por miedo a fracasar, a no ser comprendidas, a exponer lo que es profundamente personal: la soledad, el amor contenido, la frustración, la vergüenza, la desolación. En castellano, en cambio, se sienten a salvo.
Lo que escribo no nace de un dolor concreto, sino de una acumulación lenta de sentimientos. Son emociones pequeñas, cotidianas, a veces contradictorias, que se han ido instalando con el paso del tiempo. Y el poema en prosa me permite nombrarlas sin romper su delicado equilibrio. La soledad, aquí, no es abandono, sino elección parcial. Porque estar solo no significa estar vacío. Significa, muchas veces, estar acompañado de uno mismo, de los libros, de la memoria, de las palabras que aún no se han dicho. Y el poema en prosa es una de esas compañías silenciosas.
No pretendo explicar nada. Solo crear un espacio de sinceridad discreta. No hay grandes declaraciones ni gestos dramáticos. Hay silencios, dudas, miradas hacia dentro. Hay amor, pero no siempre correspondido. Hay deseos que no se cumplieron y otros que ni siquiera llegaron a formularse. Y siempre esa sensación de que hablar demasiado puede romper algo frágil. El poema en prosa me permite esa contención, esa manera de decir sin gritar.
Escribo poemas en prosa sabiendo que no todo el mundo se reconocerá en esta forma. Y está bien. No busco multitudes, sino lectores que entiendan que la vida emocional también se construye desde la reserva, desde la palabra que decide quedarse. Porque a veces, lo más verdadero es lo que nunca se fue. Y en mi caso, lo que nunca se fue el poema: la forma que me sostiene cuando escribo y que me devuelve, siempre, al lugar donde realmente estoy. (Poetario) (Obra completa de poemas en prosa) (1994-2026)
