EL SEXO

El sexo, cuando arde despacio y se deja crecer, no es solo un encuentro: es una tensión que se estira entre dos cuerpos que ya se han elegido antes de tocarse. Hay algo eléctrico en esa cercanía, en la forma en que la piel anticipa lo que vendrá, en cómo una mirada puede recorrer más que unas manos. Y cuando por fin sucede, no estalla, sino que se desliza, se enrosca, se construye como un fuego que sabe durar.

Acercarse a la mujer en ese territorio es entrar en un ritmo que no se domina, que se sigue. Es aprender a leer sus pausas, la forma en que su cuerpo responde, cómo se abre y se repliega como una respiración viva. No hay prisa, porque el placer se espesa cuando se alarga, cuando se roza lo suficiente para que cada instante pese más. Y en ese juego, uno deja de ser uno mismo para convertirse en parte de un pulso compartido.

Todo tiene música ahí dentro: el movimiento, la tensión, la forma en que el deseo sube y baja como una marea cálida. El sexo no es solo placer, es una especie de vértigo suave que conecta con algo antiguo, algo que empuja desde dentro con insistencia. Y cuando termina —si es que realmente termina— queda esa sensación suspendida, como si el tiempo hubiera respirado más hondo, como si por un instante la vida hubiera marcado su ritmo con el cuerpo. (Poetario) (Obra completa de poemas en prosa) (1994-2026)

Descubre más desde SONMEIGO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo