Escribo estas palabras como quien deja una luz encendida en un cuarto donde nadie ha entrado todavía, pero que yo sé que tú algún día llegarás. No sé si reconocerás la voz que te habla, ni sé si te resultará familiar este tono con mezcla de recuerdo y deseo, pero algo en mí insiste en que mis cartas no necesitan remitente para encontrar su destino. Hay nombres que abren puertas, y el tuyo siempre me ha sonado a llave antigua que entra en cerraduras que no recordaba tener. Hay días en los que pienso que el mundo se mueve demasiado rápido, y que sólo la escritura conserva la capacidad de detener el tiempo. Por eso te escribo: porque tú, sin saberlo, te has convertido en una especie de refugio, un lugar donde reposar el pensamiento cuando el ruido de fuera daña más de lo que debería. Quizá porque tu nombre lleva dentro esa resonancia antigua, esa raíz nórdica que habla de cosas sagradas, de fuerza silenciosa, de algo que permanece cuando todo lo demás pasa. Y hoy quiero dedicarte también un poema, no para que lo interpretes, no, sino para que lo lleves contigo, como quien lleva una piedra caliente en el bolsillo durante todo el invierno. (Poetario) (1994-2026)
