Hay noches que no son noches, sino cárceles.
El hombre está acostado, pero no descansa. La cama es un campo de batalla donde lucha contra el sueño que no llega, contra los pensamientos que no callan, contra el cuerpo que se niega a hundirse en la calma. Y grita. No con palabras, sino con el pecho, con las manos, con los ojos abiertos en la oscuridad. Grita porque el silencio pesa, porque cada minuto es una herida, porque la luna no responde.
Toda la casa duerme, pero él no. Él es el único ser despierto en un mundo que se ha apagado. Siente que la noche lo interroga, que el reloj se burla, que los lienzos de la pared le devuelven miradas que no quiere ver. Y grita. Grita porque está cansado de contar ovejas que nunca saltan, de rezar a dioses que no escuchan, de buscar posiciones imposibles que no conducen al descanso.
El insomnio no es solo ausencia de sueño: es presencia de todo lo demás. Es recordar lo que no se quiere recordar, es desear lo que no se puede tener, es temer lo que no se sabe nombrar. Y mientras la ciudad duerme, él camina por la habitación como un náufrago, como un animal herido, como un niño sin regazo. Grita, aunque nadie lo escuche. Porque el grito es la única forma de decir: «Estoy aquí. No puedo más. Ayudadme a olvidar que estoy despierto».
Y cuando por fin amanece, no sabe si fue noche o castigo. Solo sabe que algo en él se ha roto, que la luz no cura, que el día será largo. Y que, cuando vuelva la noche, volverá el grito. Más bajo, más hondo, más suyo. (Poetario) (1994-2026)
