Mi nombre pesa como la madera mojada. Como un bosque que no se ve entero, pero se siente alrededor.
Soy firmeza callada, tradición sin exhibición, resistencia que no se rompe porque sabe doblarse. Mi apellido no pasa deprisa por la boca; se queda. Tiene algo de antiguo, de piedra húmeda, de hojas que se deshacen lentamente bajo la lluvia.
Nací varias veces.
La primera, en una casa donde el silencio no era distancia, sino una manera torpe de querer. Allí aprendí que el amor no siempre habla. A veces simplemente permanece.
La segunda vez nací cuando entendí que amar no era una emoción, sino una forma de mirar el mundo. Desde entonces, todo lo mido con ese temblor.
Aprendí a observar antes de hablar. A sentir antes de explicar. A guardar.
Tengo raíces hondas. No me muevo rápido. La noche me pertenece porque en ella nadie exige claridad inmediata. Necesito tiempo. Mis decisiones no son impulsos; son sedimentaciones.
Por fuera parezco contenido. Por dentro, ardo despacio. No sé amar a medias.
Me cuesta marcharme porque cada vínculo lo entiendo como si fuera tierra donde plantar algo. Cuando amo, planto un árbol. Y lo riego aunque el clima sea incierto. Y espero. Y confío.
El centro de lo que escribo —y también lo que callo— es una mujer concreta, real, imperfecta, viva. No la convierto en símbolo: la habito. El amor, para mí, no es idea; es casa. Es territorio elegido. Es destino asumido con una mezcla de gratitud y miedo.
Escribo para no perderla. Escribo desde ella.
Y a veces escribo contra el terror secreto de que un día lo que siento deje de ser verdad.
Lo que más temo no es el abandono. Es olvidarme de la intensidad con la que hoy amo. Mi mayor virtud no es la pasión. Es la fidelidad silenciosa. (Poetario) (1994-2026)
