A la lumbre del eco poético, mis versos encuentran su morada definitiva. No son palabras sueltas en el espacio, son incandescentes palabras que continúan ardiendo incluso cuando yo, poeta, he sucumbido al silencio. El fuego nunca es estático, él se mueve, se transforma, consume y alimenta; y así es la poesía que en mí crece. Cada verso no es un mero reflejo, es un nuevo nacimiento, una pulsación que sigue viva y que, distorsionada por el paso del tiempo, no pierde su esencia. El eco, como guardián de mis versos, me protege del fuego, permitiendo que sus llamas sólo iluminen otros caminos, quizá otros corazones, quizá nuevos sueños. Cuando termina, no hay silencio absoluto, solo la continuidad de la palabra que se entrega al viento y se deja llevar por el fuego y por el eco, fundiéndose con el universo y tornándose parte del infinito. La poesía es la lumbre de ese eco y jamás se apaga. Ella trasciende a la muerte en cualquier tiempo, resiste a la oscuridad y encuentra siempre una nueva forma de existir. (Poetario) (1994-2026)
