El deseo carnal llega a mí como una tormenta de verano: rápido, caliente, inevitable. Pero el desamor se hace cargo de todo y deja en mí un frío lento, persistente, como una sábana húmeda que no hay manera de secar. Y empapa mis miserias como si nadie quisiera visitarme. La fiesta nocturna donde el sudor, el alcohol y la niebla se mezclan hasta formar una única sustancia que no se puede explicar, sólo vivirla al máximo. Entonces, tu cuerpo caliente y vivificante, esa madrugada de verano, refrescará mi cuerpo enardecido de soledad. Y me dices que deje que el orballo reconforte mis ansias, que no quiera una misericordia de cuerpo desnudo porque al final, cuando duerma en tus brazos, me saciarás plenamente. (Poetario) (1994-2026)
